martes, 24 de julio de 2012

El faro de Übung



                                                                                            


Hace mucho tiempo, en la región de Munst hubo un mar. Pero una noche, el mar se fue muy lejos y ya nunca más volvió. Las gentes creyeron firmemente que el mar se había evaporado entre las manos de la nada. Y a partir de ese momento; y dado que todos los monstruos que vivían en el mar poseían un significado moral o místico, no se supo como acomodar lo sucedido y nadie quiso enfrentar la escritura de los bestiarios y las cartas de navegación, pues todas aquellas fascinantes especies habían desaparecido. Tampoco se supo atribuir el suceso a las siembras, a la escasez de lluvias o al carácter inestable de las lunas. Ni si el diablo o el redentor estaban detrás de todo aquello. El mar aprovechó que estaba oscuro para huir, y la marea arrastró consigo sus algas y sus espumas. Y eso era todo.

El farero, sin embargo, permaneció suspendido, en alguna parte indeterminada del vacío; esperando a que algún día el mar regresara a su antigua posición. De todas formas, el faro continúo proyectando su elocuente luz, y así pasaron los días y las horas. Muchas de las casas no lograron mantenerse a flote, y aún hoy continúan cayendo, mecidas por las afiladas corrientes de aire que las conducen hacia lo hondo.
 De poco sirvieron los cálculos de agudos astrónomos, ni las detalladas lecturas de los numerosos vientres sacrificados. Este inesperado accidente forzó a los barcos a instruirse en el arte de volar. Y las velas adoptaron el ingrávido mecanismo de las alas. De a poco, mediante una lenta pero perseverante  metamorfosis, acuciada por los sólidos argumentos que sostiene la supervivencia, los peces de la región se fueron convirtiendo en aves, y las estrellas de mar recuperaron la luz de su esplendor perdido. Momento en que las leyendas de bucaneros navíos y bajeles piratas se difuminaron en el polvo de los libros, para dar paso a juegos relacionados con las nubes, con la inercia de las hélices; y donde los niños juraban con sangre, por las tres o cuatro convicciones con las que sueña todo piloto. 
Si no se llevaba cuidado, uno podía tropezar con llaves y otros tesoros ocultos, que ahora
 flotaban a la deriva, en el aire salado de las noches. 

Sin duda, todo ello aceleró la invención de otros objetos volantes más aptos para los desplazamientos; si bien los barcos y las góndolas continuaron ejerciendo sus respectivos oficios, pero de una manera más intermitente, y con esa cadencia un tanto lúgubre que emanan las actividades caídas en desuso. En los muelles, reconvertidos en aeropuertos, los marineros componían letanías al calor de sus acordeones. Mientras que otros lugareños no soportaron la levedad del alcohol, y se precipitaron en el olvido de sus propias canciones.


*

 En los veranos de hoy, alrededor de las hogueras que se encienden junto a las costas de los pueblos en fiesta, los jóvenes descreídos argumentan que se trata de una leyenda. Que el faro de Übung jamás existió. Y aducen que ahí esta el mar para corroborarlo, pese a que ninguno de ellos posee una idea clara de lo que es el mar, puesto que jamás lo han visto. De poco sirve explicarles ahora que lo que adoran es un charco. Que nada tiene que ver con ese otro mar que un día nos protegió de nosotros mismos. Pero cuando el cielo esta despejado y suena el clavicordio del viejo Übung; entre las nubes, los pájaros se ven atacados por una extraña melancolía. Como si en el fondo de sus precarios corazones algo ardiera, y graznaran por esa impenetrable añoranza de regresar un día a las aguas que el mismísimo mar se llevó.

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